Un día de vacaciones en Cáceres, vacaciones de Semana Santa, dos niñas, llamadas Elena y Beatriz, se fueron a casa para avisar a sus madres si podían ir al parque. Les dijeron que sí.
—¡Vamos a los columpios! —dice Beatriz.
—Yo estoy cansada, si tengo que esperar cola, buf, no quiero —dice Elena.
—Eso da igual —dice Beatriz.
—Pero es que a mí no me da igual —dice Elena.
—Vale, Beatriz, montaré —dice Elena, otra vez.
—Vale, Elena, nos vamos a montar en el tobogán —dice Beatriz.
—Beatriz, ¿nos montamos las dos juntas?
Y se montaron las dos juntas en el tobogán, pero no cabían porque era estrecho. Hasta que se dieron cuenta que había otro más grande, para mayores. Porque a ellas no les gustaba los de pequeños.
Cuando acabaron de montarse en el tobogán, Elena tuvo una buena idea. En el balancín. Y estando en el balancín hicieron el pulpo, para después no darse vueltas.

