Erase una vez una rosa rosa que quería moverse. Estaba cansada de estar quieta. Sólo la movía el viento y el agua. Pero ella quería moverse sola.
Todos los días le recordaban sus amigas rosas que no se podía mover de la tierra. Pero la rosa empezó a llorar.
— Eso es imposible. Yo me puedo mover. Os lo demostraré.
La rosa lo intentó cien veces, pero no podía.
Pasó un año. La rosa le dijo a las otras rosas:
— ¿Os acordáis de hace un año?
— Sí, yo me acuerdo, que tú querías moverte —dijo una rosa, riéndose.
— ¿De verdad? —dijo la rosa.
— Sí —dijeron todas las rosas.
Entonces, la rosa se dijo a sí misma:
— Yo creo que también me acuerdo, y tenéis razón, así que puedo ser una rosa tan tonta que, nada.
Entonces, estaban en la escuela de rosas. La rosa dijo al profesor:
— Profesor, ¿puedo ir al baño?
Y le dijo el profe: Cuando termines las cosas de tu vida.
Entonces pasó una hora. Le dijo la rosa al profesor:
— Profesor, ¿puedo ir al baño?
— Enséñame tu cuaderno —le dijo el profesor.
— Vale, profe.
— Muy bien, has ocupado diez páginas. Hoy vas a ir a hacer todos los recados. Y, ¿sabes una cosa? Que voy a hablar con tus padres.
— ¡Qué bien! Gracias, profesor, eres el mejor —dijo la rosa.
Entonces, la rosa, cuando estaba en el baño, se encontró una cucaracha. Empezó a gritar.
Entonces, el profesor la oyó y fue al baño, pero la señora que lo estaba cuidando le dijo:
— Los chicos no pueden entrar en el baño de las chicas.
Entonces, ya le explicó por qué iba al baño de las chicas. La mujer le dijo:
— Lo siento pero ya le abro yo, que es una cucaracha, no es para tanto.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Y los niños que lo estáis leyendo podéis vosotros pensar lo que creéis que le ocurrió a la rosa.
